27.6.08
23.6.08
El sábado en ADN
El sábado en La Prensa
"Los sensuales" de Alejandro Tantanian. Dirección: Alejandro Tantanian. Escenografía y vestuario: Oria Puppo. Iluminación: Jorge Pastorino. Musicalización: Pablo Rotemberg, Alejandro Tantanian y Diego Velázquez. Música original: Diego Penelas. Letras de canciones: Alejandro Tantanian y Martín Tufró. Coreografía: Pablo Rotemberg. Actores: Mirta Bogdasarian, Gaby Ferrero, Stella Galazzi, Javier Lorenzo, Nahuel Pérez Biscayart, Pablo Rotemberg, Luciano Suardi, Diego Velázquez y Ciro Zorzoli. El camarín de las musas (Mario Bravo 960).
En Los Sensuales Alejandro Tantanian le otorga un mismo nivel de importancia a la música (a través de canciones, coreografía) y el teatro (el texto, la palabra). Esto es algo que el director, dramaturgo y actor lo venía haciendo hace tiempo en sus unipersonales, entre ellos, "De lágrimas" y "De protesta", pero aún no lo había experimentado en las obras por el dirigidas. Los Sensuales es un espectáculo coral cuyo núcleo de conflicto es una familia dividida en dos, con hijos de madres distintas y un mismo padre. Precisamente el sorpresivo asesinato del padre hace estallar en minimalistas conflictos, el drama que se esconde en cada una de las vidas de esos hermanos, de distintas edades.
EL DISPARADOR
Fiodor Dostoievski, el novelista ruso, es el disparador imaginativo que permitió a Tantanian elaborar este melodrama, con elementos de vodevil y también de tragedia irónica, en el que se habla, sin expresarlo abiertamente, de la moral, del deseo, de las creencias religiosas y de los vínculos destruídos por la mezquindad, la soberbia y el sinsentido. Si en la anterior Los Mansos, también inspirada en Dostoievski -en aquel caso en "El príncipe idiota"-, el entorno era netamente poético, acá el drama "lunar", taciturno, oscuro, es mechado con ciertas dosis de melodrama, para encaminarse después hacia una extraña sensación de desamparo que envuelve por igual a todos los personajes. Los personajes de Tantanian representan cada uno un signo distinto de la mezquindad humana, puesta al servicio, en su mayoría de la destrucción, a veces premeditada, a veces inconsciente, del otro, ya sea a través del amor asfixiante, del incesto, el adulterio o la muerte. Con estos elementos Tantanian pone en marcha un estilo de trabajo que refiere a una estado de locura latente, que se traduce en situaciones en el que cada personaje representa una idea distinta del individuo, de la existencia, pero en su totalidad, esa familia parece responder a un único protagonista: mostrar que la irracionalidad y el caos a veces es parte de una sociedad, sin que sus implicados tengan clara cuenta de este suceso.
DE LA PASION
En Los Sensuales Teodoro Tigrov, el padre, fue asesinado a golpes de martillo y su amante cree que fue uno de sus hijos. Por eso con la ayuda de sus hermanos Lise y Alberto Malheur, intenta poner en marcha una trama detectivesca que permite detectar al criminal. Claro que en ese trayecto no se tomó en cuenta los sugestivos planos de pasión que son capaces de despertar los Tigrov, almas solitarias, inmersas en una orfandad de moral, de emociones y sentimientos que intentan encontrar su cauce como pueden. A veces, algunos de ellos se tropiezan con lo imprevisto, lo prohibido. En otros es la propia autocensura la que no deja abiertos los canales de experimentar una sensación verdadera. De esta nueva performance teatral de Alejandro Tantanian se admira y gratifica su libertad creativa. En ese tránsito de un género a otro, jugado sin prejuicios, el director desnuda un artificio teatral, en el que el sentido de verdad y de lo fingido, se muestra como un objeto escénico capaz de traslucir una emocionalidad construida en base a una creativa sutileza de recursos magníficamente traducidos al escenario, por su muy bien elegido equipo actoral.
Juan Carlos Fontana
5.6.08
Ayer
En Crítica Teatral dijeron esto
La octava maravilla

Un padre espera. Sufre. Muere. A mazazos. En la cabeza. Asestados de algún modo por sus cinco hijos, que no saben (o tal vez no quieren saber) que son hermanos. Alejandro Tantanian y el más maravilloso grupo de actores que se podría juntar sobre un escenario hacen de esta escena de apertura la más determinante, potente, poética y multigenérica del teatro contemporáneo. La expresividad corporal y gestual de un fantasmagórico Ciro Zorzoli (en el papel de Teodoro Tigrov, el padre asesinado) es lo primero que se muestra al público. La atención (y la tensión) se activa entonces en el espectador, para no desactivarse hasta mucho tiempo después de abandonada la sala. Una música intrigante, de una potencia inaudita, comenzará a sonar, y sus cinco hijos surgirán desde el fondo de la escena, manejados por una fuerza irrefrenable, cual marionetas, en una magníficamente orquestada coreografía que, sensuales y violentos, con los ojos fuera de sus órbitas y la sangre hirviendo en sus cuerpos, los acercará, paso a paso, a la concreción del acto horrible que desatará la tragedia: el parricidio. Y el espectador ya no podrá escaparse: ha sido atrapado en las garras de los sensuales. Ya sabe (o cree saber) lo que le espera: música, coreografías, canciones, y una magnánima tragedia. No sospecha aún que estos elementos en mano de los nueve actores que dominan la escena pueden crear un coctail imprevisible que tal vez, si se fuera precavido y miedoso, debería ser bebido con moderación. Pero si algo no hay en esta puesta, es moderación; y el público lo sabe, lo festeja, y se entrega, con los ojos bien abiertos, a la desmesura de la pasión, la sensualidad y un teatro cien por ciento sanguíneo.
Tras esta muerte inicial, Odette Malheur (amante de Tigrov, hermana gemela de su ex esposa, ya muerta), lanza una maldición: los hijos de Teodoro pagarán por su muerte. Una nube tóxica se impone entonces sobre estas tres familias que, en el fondo, son una sola. Por un lado, los Malheur, quienes creen tener el poder en un principio. Y por otro, los Tigrov y los Richardson, hijos del muerto. La desaparición del padre conlleva una muerte de la ley, una subversión de los valores. En este caso, la maldición de Odette se expresa en un ardor en la sangre de los hijos, que parece llevarlos a querer unirse, mezclarse, fusionarse con su propia sangre. Amores entrecruzados entre parientes: correspondidos, cambiantes, no correspondidos. Pasiones incontenibles que brotan de los cuerpos, de las bocas, de las almas. Vidas vividas en un segundo. Un descontrol que sólo podría acabar en la tragedia.
La génesis de Los sensuales fue tan abierta que permitía arribar a cualquier resultado: Alejandro Tantanian se propuso en un principio trabajar con estos nueve actores y tomando a Los hermanos Karamazov, de Fedor Dostoievski, como punto de partida. Nada más estaba dicho y, de esta indeterminación inicial, propicia para las más variadas aventuras, se fue gestando la obra, que en algún momento iba a ser una revista y acabó convirtiéndose en un melodrama. Puede que haya habido mucho de juego en este proceso de gestación colectivo, porque lo lúdico se impone en el escenario. El trabajo de Pablo Rotemberg en las coreografías (sobre todo en el espléndido número que comparte con Diego Velázquez) da cuenta de esto. Y cuando las palabras ya no pueden decir lo que quiere expresarse, se abren paso las canciones, originales e interpretadas en vivo, como última vía por la que se desborda la presión sanguínea, pasional y sensual de cada uno de los personajes.El vestuario dice también algo de ellos: nos habla de sus realidades, de sus sueños, de lo que son, del lugar en el que se plantan en la vida (una Odette Malheur de pasos pesados, duros y severos, dados con unas rústicas plataformas; un Damien Richardson contenido, introvertido y nervioso, prolijo y acotado en unos límpidos tonos pasteles; un William Richarson joven y vivaz alrededor del cual se van a desatar las más profundas y violentas pasiones, que desencadenarán en la tragedia, envuelto en un llamativo azul eléctrico). Una iluminación sutil colabora en la creación de un ambiente tan poco realista como poético y una escenografía mínima y sencilla permite que un mismo espacio se transforme en infinitos ambientes. El minimalismo propuesto desde estos dos rubros es una elección acertadísima para compensar los desbordes actorales, coreográficos y musicales de la escena.
Los actores se destacan (todos) en sus interpretaciones. Diego Velázquez es mágico como el enamoradizo Mijail Tigrov, un niño inocente siempre al borde del llanto con la sangre alborotada y el corazón cambiante. Pablo Rotemberg deslumbra una vez más con sus dotes como bailarín y pianista. Nahuel Pérez Biscayart, al mismo tiempo fuerte y vulnerable, es un perfecto objeto de deseo en torno al cual se enredan las más diversas pasiones. Javier Lorenzo se destaca como el sensual más sufriente, con la pasión más contenida. Mirta Bogdasarian estalla de amor en escena. Ciro Zorzoli deslumbra como aparición de ultratumba y Stella Galazzi, Gaby Ferrero y Luciano Suardi conforman una tríada de maléficos hermanos a los que nada les sale como lo habían planeado.Con estos nueve actores, claro, nada podría salir mal. Con esta dramaturgia, tampoco. En un espacio tan sensual y acogedor como la sala Los Mansos, del Camarín de las Musas, menos. Y así sucede, al fin. En Los sensuales, nada sale mal. Todo es perfecto, como un ensueño. Al espectador sólo le queda entregarse, abrirse, dejarse llevar por un espectáculo que le hará recordar que esto, justamente algo como esto, es lo que hace del teatro la octava maravilla del mundo.
Anabella Castro Avelleyra
1.6.08
Hoy en Clarín
Elogio de la desmesura
Convirtió en un melodrama una obra de Dostoievski. "Yo no creo en las adptaciones de nada", aclara, polémico.
Por: Eduardo Slusarczuk
"Un libro por un lado y un grupo de gente por el otro. Eso es todo lo que había en noviembre de 2006", dice, en un bar de Belgrano, Alejandro Tantanian. De esta forma, revisa el proceso de creación de Los sensuales, la obra que se presenta en El camarín de las musas (Mario Bravo 960), los viernes y sábados a las 23,30. Y confiesa: "Lo milagroso de esta obra es que hayamos llegado al estreno".
Después de escribir y dirigir Los mansos, basada en la novela El idiota, de Fedor Dostoievski, Tantanian eligió a Los hermanos Karamazov, del mismo autor, para su nueva producción. "Dostoievski llega a ésta, que es su última novela, como si empezara a jugar con todos los temas con los que había trabajado hasta entonces. Como si los tomara en tono de farsa", explica. Y amplía: "Es como si se pudiera reír de la ortodoxia, el nihilismo y la religiosidad de todos los grandes temas". Después, da un paso más allá. "Sin embargo, hay algo en la densidad de la obra, algo de su aspecto trágico, que me interesaba trabajar", remata.
En un campo artístico en el que las adaptaciones están a la orden del día, Tantanian se planta. "Yo no creo en las adaptaciones de nada. Prefiero hablar de una apropiación de ese objeto que es la novela", sienta posición y comienza a contar cómo trabajaron la puesta. "Les dije: chicos, lean la novela y empecemos a trabajar. Cada uno elegía una escena, un personaje e improvisábamos. De allí intenté rescatar lo valioso, recortar y editar ese material de la mejor manera", recuerda.
¿Por qué elegiste el melodrama como lenguaje para la puesta?
En la obra hay un código de actuación sostenido por el realismo, pero los conflictos están un poco saturados. Un personaje, por ejemplo, mira a otro a la cara y se enamora de tal manera que mataría por él. Y todo sucede en un tiempo que no tiene nada que ver con el real. Si pensamos en todas las cosas que pasan en esos siete días que Los hermanos Karamazov narra en sus casi mil páginas, vemos que pasa lo mismo. A mí me interesaba ver qué pasaba en el teatro con eso, y el melodrama es un género que permite tales saltos emocionales. Ahí, por cierto, no hay psicología que resista.
Como si no hubiera espacio para analizarlo desde lo racional.
Por eso también la idea de la sensualidad en el sentido de que lo que tracciona es lo que dictan los sentidos, sin pasar por la cabeza. Hay algo de ese impulso genital, pasional, que está puesto todo el tiempo ahí. Y cuando la palabra no puede dar cuenta del soporte emocional, aparece la música como recurso, la palabra cantada, que es otro registro.
¿Cómo se hace para no caer en el ridículo cuando se trabaja un género tan cercano a la parodia?
El mayor riesgo de este espectáculo era que quería plantear la obra desde un punto de vista en el que la verdad fuera el norte de la actuación. Y para eso cuento con un elenco que la sostiene. Hay veces que el público no puede conectar y de pronto, lo consigue. Y eso habla de la eficacia, en el buen sentido, de la manera en que está concebida la gramática del espectáculo.
¿Qué importancia tienen las coreografías en esa gramática?
Son esenciales en la decisión de decir, desde un comienzo, para dónde va el trabajo. La energía, la violencia, la contundencia de los cuerpos son una señal de lo que se va a desenvolver en escena.
Una trama en la que el parricidio actúa como disparador.
Sí. En general la muerte marca el fin de un orden. En Los sensuales, tras el asesinato del padre hay algo de esa ley previa que desaparece. Esa ausencia empieza a transitar por los cuerpos, hay un entrecruzamiento de sensualidad sin ninguna ley y el fin del caos es una nueva muerte. Yo intento ver que pasa con esta historia en el aquí y ahora. Siempre tuve la idea, y creo que está conseguido, de lograr un espectáculo poderoso en el sentido expresivo. Construí un espacio para que esa contundencia escénica pase, con la intención de que el público no permanezca pasivo.
¿En qué sentido?
En el de poder ir al encuentro de la platea y que la plantea avance hacia la obra. Por eso me parece que, desde el comienzo, te agarra y te mete, o te expulsa. Es el riesgo. Pero sin riesgo, en estas circunstancias de producción, motorizadas por el deseo de hacer, no hay experiencia.
El deseo como un arma cargada
Existe en Los sensuales una clara intención de no entorpecer la lectura de la obra con estrategias distractivas. La obra es lo que se ve y lo que se escucha. Todo está a la vista. Los manchones de las paredes de la sala, las claraboyas del techo, los movimientos de los cuerpos, las voces desnudas, en el estado de mayor pureza y crueldad.
Tras el asesinato de su amante, Odette Malheur (Stella Galazzi) escupe su venganza. "Qué tu muerte desate el caos", grita frente al cuerpo de Teodoro Tigrov (Ciro Zorzoli). Y el caos sucede. Entonces, durante casi dos horas la seducción es el arma del deseo más primario. Nadie calcula. Sonja Tigrov (Mirta Bogdasarian) busca, se enamora, vuelve a enamorarse. No entiende, siente. Como Alex Richardson (Pablo Rotemberg) dueño de miradas que abrazan, acarician, atan, azotan.
Dos tabiques, cambios imperceptibles de iluminación fabrican los ambientes que el público imagina. Todo tiene un sentido. La respiración entrecortada de Mijail (Diego Velázquez), el balbuceo de Damien (Javier Lorenzo), la imploración de Alberto Malheur (Luciano Suardi), las reacciones de William (Nahuel Pérez Biscayart) y cada caída de la Lise (Gaby Ferrero). Cada acción apunta y dispara. Los actores hablan de deseos, desengaños, frustraciones, soledades, y cuando eso ya no alcanza, los cantan. Y el melodrama lo es aún más. Y la parodia lo es cada vez menos, hasta desaparecer.
31.5.08
29.5.08
Hoy en Mundoteatral.com
O leela aquí:
Fuera de la ley
por Silvia Sánchez
Apelando al melodrama y con excelentes actuaciones, la puesta de Tantanian, Los Sensuales, brilla.
El inicio de Los Sensuales, la nueva puesta de Alejandro Tantanian, aporta desde el vamos las claves con las que habrá de leerse la misma: un asesinato representado con música imponente y cuerpos desbordados, es decir, un régimen de lectura que se impone de entrada en las antípodas del realismo.

Con estructura de melodrama, la pieza pergeñada por Tantanian mantiene algunas reglas del género pero viola otras, sobre todo aquella que impulsa a la identificación del espectador con el héroe sufriente, regla que precisa de cierto aire realista que aquí brilla por su ausencia. Tampoco hay, de esta poética tan mimada por el sentido popular pero también por los rebeldes posmodernos, ni final feliz, ni personajes sacrificados.

Allí, y en varios puntos más también, Tantanian coquetea con la tragedia, porque en Los Sensuales hay mucho de esa poética estallada: un parricidio (se trata de un padre asesinado y de cinco hijos que al parecer no se conocen entre sí y que están sospechados del crimen), amores incestuosos (los hermanos se enamoran unos de otros), un pathos que no da respiro (todos los personajes sufren y se lo comunican al público), una falta trágica que desata el caos, y sobre todo, un tono muy poco mesurado. O dicho con más precisión: un aire dionisiaco que se impone triunfal.
Sin embargo, el desborde está controlado, y eso vuelve a la pieza mucho más interesante que otras expresiones que han apelado a los mismos recursos, cayendo en la parodia.
Claro, Tantanian se rodeó acaso de los mejores actores que hay en el teatro por estos días: Ciro Zorzoli como el padre asesinado (un padre que vemos en escena como un punto de fuga “hamletiano”), Mirta Bogdasarian, Diego Velázquez, Pablo Rotemberg, Javier Lorenzo, Nahuel Pérez Biscayart, Stella Galazzi, Gaby Ferrero y Luciano Suardi. Todos exquisitos.
Con sensuales coreografías, música al piano que inunda la escena, suicidios, desmayos, límites borroneados y un credo que reza "que el amor es traición", Los Sensuales, basada en Los hermanos Karamázov de Dostoievski, es un melodrama “desmesuradamente contenido”.
Y como en todo buen melodrama, en esa casa sin ley paterna en donde la pasión le gana a la razón, el final es punitivo. Porque las culpas han de pagarse. Al menos en la ficción.
27.5.08
Hoy en Página/12
“Dostoievski es un autor fetiche”
El actor, dramaturgo, cantante y director se basó en la novela Los hermanos Karamazov para su montaje de Los sensuales. “En esta obra pude unir drama y música, que en mí estaban muy disociados”, señala.
Por Hilda Cabrera
–¿El parricidio sigue siendo el eje de esta historia?
–Esa es una de las líneas de esta puesta. Otra es el tratamiento de las ideas. Dostoievski es un novelista y filósofo extraordinario cuyos personajes encarnan ideas. Construye historias haciendo colisionar ideas. Esto me interesa, como su sondeo sobre la idea de Dios y el papel que juegan la voluntad y la imaginación. Me pregunto si éstas construyen la idea de Dios o si la idea de Dios las precede.
–¿A la manera de una superestructura que organiza el material humano?
–Eso queda en el fondo. En realidad, intenté construir una trama novelesca y melodramática diferente de Los mansos, que tenía una dramaturgia poética pero críptica.
Tantanian se había inspirado tiempo atrás en El príncipe idiota,
también de Dostoievski, cuando hizo Los Mansos.
–El capítulo Sensualistas (de la novela) incorpora, finalmente, artificios propios del melodrama...
–Que Dostoievski consumía muchísimo, sobre todo el melodrama de origen francés. Era fanático de Eugène Sue (1804-1857) y de Victor Hugo (1802-1885). En su literatura hay elementos del género popular y de la novela por entregas, recreados desde un pensamiento filosófico.
–¿Dando a cada personaje un lenguaje propio?
–Un lenguaje que proporcionaba vivacidad al texto y generaba la tensión necesaria para que el lector fuera a comprar el periódico donde aparecían los capítulos.
–En cuanto a su trabajo sobre la música, ¿qué considera nuevo en Los sensuales?
–Creo que pude unir drama y música, que en mí estaban muy disociados. Hice teatro desde los ’80, estudiando con maestros muy rigurosos, como Laura Yusem, Augusto Fernandes, Juan Carlos Gené, Ricardo Monti, Mauricio Kartun. Extraordinarios. A mediados de los ’90 me decidí por el canto y comencé a estrenar De lágrimas, De protesta, De noche. En Los sensuales, pude armar un melodrama en el sentido más clásico, el de antecedente de la comedia musical, género que me interesó desde chico. Era feliz viendo El diluvio que viene o Están tocando nuestra canción, con Valeria Lynch y Víctor Laplace, en el Odeón (de Corrientes y Esmeralda), cuando todavía no había sido demolido (en 1990). Me fascinaba ese género encapsulado por la “alta cultura”.
–¿Cree que se lo desmerecía?
–La comedia musical iba por otro camino. Cuando estrené De lágrimas, en 2002, sentí que mejoraba mi comunicación con el público, y eso me produjo gran placer.
–¿Y Los sensuales?
–Pretendo que se vea como una obra coral, donde los actores cantan y hay música en vivo.
–¿Qué lugar ocupa el parricidio en este melodrama?
–Está algo relegado. Me interesaba que hubiera gran energía emocional y, sobre todo, me importó no utilizar la parodia para sostener el melodrama. Presté atención a las cualidades de la literatura de Dostoievski, por ejemplo al empleo del espacio y el tiempo, que es más una proyección de los personajes que un tiempo real. Mi impresión es que los personajes pierden noción del tiempo racional.
–¿Y respecto del espacio?
–En Dostoievski, los espacios tienen una especie de umbral que separa y al mismo tiempo ofrece continuidad: una habitación con una puerta que se abre a un pasillo o comunica con otra habitación, a veces abarrotada de gente, o lugares de tránsito, con personajes que están yendo hacia o viniendo de, a veces de oscuros callejones.
–¿A la manera de escenarios de muerte?
–De muertes tremendas. El melodrama permite esos excesos. Por ejemplo, que un personaje entregue una carta a otro y que éste, al quedar solo, sienta que se ha enamorado locamente de ese que se fue y que hasta sería capaz de matar por él. Esa condensación emocional, especie de aceleración del tiempo, es difícil de actuar para los que tenemos una formación psicologista y necesitamos una suerte de pequeñas sumas para llegar a un resultado. En Los sensuales, los actores tienen que pasar de uno a mil.
–¿Dónde ubica en su obra la “perversa sensualidad” atribuida a Dostoievski?
–En la obra, la pregunta va por la línea del deseo: ¿qué es el deseo? ¿Está regido por una ley? ¿Qué hace que una persona se revista de sensualidad? Descabezado el padre se produce el caos. El aire se envenena como atravesado por una peste. El asesinato del padre confunde: los personajes se obnubilan y los hermanos copulan, pero queda un lugar para la redención.
–¿Por el sufrimiento que inflige la conciencia?
–Esa idea no opera hoy de la misma forma que entonces.
–Quizá sí asociada a conceptos como justo e injusto: Dostoievski fue encarcelado y condenado a muerte. Pena que se le conmutó por trabajos forzados en Siberia, donde conoció a un prisionero acusado de parricidio, que después supo era inocente.
–Esa es una mirada más actual. Fue condenado por hacer circular textos que se vieron como una amenaza al régimen zarista. Estuvo ocho años preso; pasó por situaciones extremas y sufrió mucho la muerte de su pequeño hijo Aliosha, nombre de uno de los personajes de Los hermanos...
–¿A qué se debe su fascinación por Dostoievski?
–Es un autor muy ligado a mi historia personal. Mi mamá nació en Rusia, en un pueblo cercano al Mar Negro, pero su origen es armenio, como el de toda mi familia. El interés por Dostoievski me viene de mi padrino, primo hermano de mi mamá. Desertó del frente ruso. Fue perseguido, y él y parte de su familia debieron huir. Migraron por Europa hasta llegar a la Argentina. Mi padrino tenía una gran biblioteca, pero no con libros de autores rusos, salvo los de Dostoievski. Yo tenía 8 o 9 años cuando él empezó a leerme estas historias. Este padrino tuvo problemas financieros, deudas, y se suicidó en esa misma biblioteca. Recuerdo que no se podía tocar nada de allí, porque se estaba haciendo el inventario de sus bienes, pero pude robarme dos ejemplares. Para mí Dostoievski es un autor fetiche. No dejo de leerlo, lo entiendo y lo siento como si fuera mi maestro.
–¿Le importa volcar esa carga emocional en Los sensuales?
–Ojalá se descubra algo de esa intensidad mía en la obra.
24.5.08
Un comentario en la web
Ayer, 23

... fue mi cumpleaños número 42. Y - sépanlo - el mejor regalo que pude tener fue ver la función de Los Sensuales sentado en la platea: y esto no es autobombo o una sesión masturbatoria: nada de eso: fue el mejor regalo porque todos quienes hicimos Los Sensuales sabemos lo duro que fue, lo difícil que fue. Y llegar - entonces - a destino es una alegría. Je. Post sentimental, este. Pero qué importa. De ésto - también - está hecho este espectáculo. Gracias, entonces, a todos por el hermoso regalo de ayer.
23.5.08
Hoy en SOY de Página/12
Teatro Los sensuales, la nueva obra de Alejandro Tantanian, muestra en escena los efectos del amor en el momento exacto en que el bichito pica los tiernos corazones. En este caso son muchos hermanos que enamorándose mutuamente conducen a los espectadores y también a Dostoievski hasta los vericuetos más hondos del melodrama.
Por Adolfo Agopián
Hace algunos años Tantanian puso en escena una obra de Daniel Veronese que ofrece, desde el título, algunas claves sobre estos sensuales. En Unos viajeros se mueren encaraba un policial negro de amores aturdidos ciñéndolos a un espacio pequeño y único. El espacio contiene y constituye la acción. Ahora, en una escena acotada, las pasiones estallan. ¡Pero entre hermanos! ¡Casi todos varones! Atrapadas en una red de deseos encontrados y desencontrados, tres (¿dos?, ¿una?) familias sin ley se entregan a los designios asfixiantes del linaje.
Mediante recursos teatrales ligados al artificio, el dramaturgo decide una lectura atravesadísima de Los hermanos Karamasov de Dostoievski. En una primera escena coreográfica se consuma el parricidio que determinará el comienzo del melodrama. La (a)puesta lleva al límite los términos que subyacen en la etimología del género: disfrutaremos de una relación incestuosa entre música y drama. Los culebrones plantean a diario una proliferación de desencuentros amorosos en contextos realistas. En los últimos años se convirtieron en el envase preferido de situaciones melodramáticas; cada vez que el teatro se asoma al melodrama se acerca a la telenovela. La parodia parece gobernar todas las lecturas que intentan rondar la cuestión. Nada de eso encontraremos en este intrincado laberinto de pasiones fraternales. El espacio y el tiempo son del todo ajenos al realismo: no hay afuera, ni elementos anexos a las relaciones. Como si la teatralidad los obligara a reparar en sus muy semejantes. Desde la lírica del texto, la danza, las canciones compuestas por Diego Penelas, hasta las actuaciones y las luces aparecen en los cuerpos de los personajes transitando tensiones caprichosas. El peso acumulativo de las secuencias desnuda lazos de seres dominados no por un destino trágico sino por propios deseos de una sexualidad sin represiones. El carácter “homo” de la endogamia es celebrado junto a un phatos (sufrimiento) también ajeno a culpas o tabúes sociales. Un terrible erotismo se desprende de cada encuentro entre hermanos, entre tíos, como espacio lúdico sin tabúes. La ley del deseo determina intensas miradas, canciones desesperadas, desparramadas como dardos que no encuentran su blanco, y cada personaje se constituye desde el sufrimiento que aporta en la red que se va desplegando en escena. Es un placer diferente ver cómo cada uno de estos actores afronta el reto de mostrarnos su dolor. Diego Velázquez domina de manera genial las emociones de su sangrante Mijail. Impacta en un dúo coreográfico muy sexual con Pablo Rotemberg, también sensible pianista. Mirta Bogdasarian, Ciro Zorzoli, Javier Lorenzo, Nahuel Pérez Biscayart se mantienen en el borde del absurdo para mostrar sus excesos pasionales y nos dejan con ganas de más. Gaby Ferrero (preciosa en su vestido chino), Stella Galazzi (casi lorquiana en sus monólogos) y Luciano Suardi juegan un terceto de tíos algo siniestros dispuestos a ingresar en la demanda deseante del espectáculo. Este “dream team” sigue en los rubros técnicos con Oria Puppo en el vestuario y la escenografía, y el gran Jorge Pastorino, cada vez más colorido en sus luces para Tantanian.



