
Gracias Cuervo, gracias Ricagno.
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La génesis de Los sensuales fue tan abierta que permitía arribar a cualquier resultado: Alejandro Tantanian se propuso en un principio trabajar con estos nueve actores y tomando a Los hermanos Karamazov, de Fedor Dostoievski, como punto de partida. Nada más estaba dicho y, de esta indeterminación inicial, propicia para las más variadas aventuras, se fue gestando la obra, que en algún momento iba a ser una revista y acabó convirtiéndose en un melodrama. Puede que haya habido mucho de juego en este proceso de gestación colectivo, porque lo lúdico se impone en el escenario. El trabajo de Pablo Rotemberg en las coreografías (sobre todo en el espléndido número que comparte con Diego Velázquez) da cuenta de esto. Y cuando las palabras ya no pueden decir lo que quiere expresarse, se abren paso las canciones, originales e interpretadas en vivo, como última vía por la que se desborda la presión sanguínea, pasional y sensual de cada uno de los personajes.
Los actores se destacan (todos) en sus interpretaciones. Diego Velázquez es mágico como el enamoradizo Mijail Tigrov, un niño inocente siempre al borde del llanto con la sangre alborotada y el corazón cambiante. Pablo Rotemberg deslumbra una vez más con sus dotes como bailarín y pianista. Nahuel Pérez Biscayart, al mismo tiempo fuerte y vulnerable, es un perfecto objeto de deseo en torno al cual se enredan las más diversas pasiones. Javier Lorenzo se destaca como el sensual más sufriente, con la pasión más contenida. Mirta Bogdasarian estalla de amor en escena. Ciro Zorzoli deslumbra como aparición de ultratumba y Stella Galazzi, Gaby Ferrero y Luciano Suardi conforman una tríada de maléficos hermanos a los que nada les sale como lo habían planeado.

–¿El parricidio sigue siendo el eje de esta historia?
–Esa es una de las líneas de esta puesta. Otra es el tratamiento de las ideas. Dostoievski es un novelista y filósofo extraordinario cuyos personajes encarnan ideas. Construye historias haciendo colisionar ideas. Esto me interesa, como su sondeo sobre la idea de Dios y el papel que juegan la voluntad y la imaginación. Me pregunto si éstas construyen la idea de Dios o si la idea de Dios las precede.
–¿A la manera de una superestructura que organiza el material humano?
–Eso queda en el fondo. En realidad, intenté construir una trama novelesca y melodramática diferente de Los mansos, que tenía una dramaturgia poética pero críptica.
Tantanian se había inspirado tiempo atrás en El príncipe idiota,
también de Dostoievski, cuando hizo Los Mansos.
–El capítulo Sensualistas (de la novela) incorpora, finalmente, artificios propios del melodrama...
–Que Dostoievski consumía muchísimo, sobre todo el melodrama de origen francés. Era fanático de Eugène Sue (1804-1857) y de Victor Hugo (1802-1885). En su literatura hay elementos del género popular y de la novela por entregas, recreados desde un pensamiento filosófico.
–¿Dando a cada personaje un lenguaje propio?
–Un lenguaje que proporcionaba vivacidad al texto y generaba la tensión necesaria para que el lector fuera a comprar el periódico donde aparecían los capítulos.
–En cuanto a su trabajo sobre la música, ¿qué considera nuevo en Los sensuales?
–Creo que pude unir drama y música, que en mí estaban muy disociados. Hice teatro desde los ’80, estudiando con maestros muy rigurosos, como Laura Yusem, Augusto Fernandes, Juan Carlos Gené, Ricardo Monti, Mauricio Kartun. Extraordinarios. A mediados de los ’90 me decidí por el canto y comencé a estrenar De lágrimas, De protesta, De noche. En Los sensuales, pude armar un melodrama en el sentido más clásico, el de antecedente de la comedia musical, género que me interesó desde chico. Era feliz viendo El diluvio que viene o Están tocando nuestra canción, con Valeria Lynch y Víctor Laplace, en el Odeón (de Corrientes y Esmeralda), cuando todavía no había sido demolido (en 1990). Me fascinaba ese género encapsulado por la “alta cultura”.
–¿Cree que se lo desmerecía?
–La comedia musical iba por otro camino. Cuando estrené De lágrimas, en 2002, sentí que mejoraba mi comunicación con el público, y eso me produjo gran placer.
–¿Y Los sensuales?
–Pretendo que se vea como una obra coral, donde los actores cantan y hay música en vivo.
–¿Qué lugar ocupa el parricidio en este melodrama?
–Está algo relegado. Me interesaba que hubiera gran energía emocional y, sobre todo, me importó no utilizar la parodia para sostener el melodrama. Presté atención a las cualidades de la literatura de Dostoievski, por ejemplo al empleo del espacio y el tiempo, que es más una proyección de los personajes que un tiempo real. Mi impresión es que los personajes pierden noción del tiempo racional.
–¿Y respecto del espacio?
–En Dostoievski, los espacios tienen una especie de umbral que separa y al mismo tiempo ofrece continuidad: una habitación con una puerta que se abre a un pasillo o comunica con otra habitación, a veces abarrotada de gente, o lugares de tránsito, con personajes que están yendo hacia o viniendo de, a veces de oscuros callejones.
–¿A la manera de escenarios de muerte?
–De muertes tremendas. El melodrama permite esos excesos. Por ejemplo, que un personaje entregue una carta a otro y que éste, al quedar solo, sienta que se ha enamorado locamente de ese que se fue y que hasta sería capaz de matar por él. Esa condensación emocional, especie de aceleración del tiempo, es difícil de actuar para los que tenemos una formación psicologista y necesitamos una suerte de pequeñas sumas para llegar a un resultado. En Los sensuales, los actores tienen que pasar de uno a mil.
–¿Dónde ubica en su obra la “perversa sensualidad” atribuida a Dostoievski?
–En la obra, la pregunta va por la línea del deseo: ¿qué es el deseo? ¿Está regido por una ley? ¿Qué hace que una persona se revista de sensualidad? Descabezado el padre se produce el caos. El aire se envenena como atravesado por una peste. El asesinato del padre confunde: los personajes se obnubilan y los hermanos copulan, pero queda un lugar para la redención.
–¿Por el sufrimiento que inflige la conciencia?
–Esa idea no opera hoy de la misma forma que entonces.
–Quizá sí asociada a conceptos como justo e injusto: Dostoievski fue encarcelado y condenado a muerte. Pena que se le conmutó por trabajos forzados en Siberia, donde conoció a un prisionero acusado de parricidio, que después supo era inocente.
–Esa es una mirada más actual. Fue condenado por hacer circular textos que se vieron como una amenaza al régimen zarista. Estuvo ocho años preso; pasó por situaciones extremas y sufrió mucho la muerte de su pequeño hijo Aliosha, nombre de uno de los personajes de Los hermanos...
–¿A qué se debe su fascinación por Dostoievski?
–Es un autor muy ligado a mi historia personal. Mi mamá nació en Rusia, en un pueblo cercano al Mar Negro, pero su origen es armenio, como el de toda mi familia. El interés por Dostoievski me viene de mi padrino, primo hermano de mi mamá. Desertó del frente ruso. Fue perseguido, y él y parte de su familia debieron huir. Migraron por Europa hasta llegar a la Argentina. Mi padrino tenía una gran biblioteca, pero no con libros de autores rusos, salvo los de Dostoievski. Yo tenía 8 o 9 años cuando él empezó a leerme estas historias. Este padrino tuvo problemas financieros, deudas, y se suicidó en esa misma biblioteca. Recuerdo que no se podía tocar nada de allí, porque se estaba haciendo el inventario de sus bienes, pero pude robarme dos ejemplares. Para mí Dostoievski es un autor fetiche. No dejo de leerlo, lo entiendo y lo siento como si fuera mi maestro.
–¿Le importa volcar esa carga emocional en Los sensuales?
–Ojalá se descubra algo de esa intensidad mía en la obra.

Teatro Hace algunos años Tantanian puso en escena una obra de Daniel Veronese que ofrece, desde el título, algunas claves sobre estos sensuales. En Unos viajeros se mueren encaraba un policial negro de amores aturdidos ciñéndolos a un espacio pequeño y único. El espacio contiene y constituye la acción. Ahora, en una escena acotada, las pasiones estallan. ¡Pero entre hermanos! ¡Casi todos varones! Atrapadas en una red de deseos encontrados y desencontrados, tres (¿dos?, ¿una?) familias sin ley se entregan a los designios asfixiantes del linaje.
Mediante recursos teatrales ligados al artificio, el dramaturgo decide una lectura atravesadísima de Los hermanos Karamasov de Dostoievski. En una primera escena coreográfica se consuma el parricidio que determinará el comienzo del melodrama. La (a)puesta lleva al límite los términos que subyacen en la etimología del género: disfrutaremos de una relación incestuosa entre música y drama. Los culebrones plantean a diario una proliferación de desencuentros amorosos en contextos realistas. En los últimos años se convirtieron en el envase preferido de situaciones melodramáticas; cada vez que el teatro se asoma al melodrama se acerca a la telenovela. La parodia parece gobernar todas las lecturas que intentan rondar la cuestión. Nada de eso encontraremos en este intrincado laberinto de pasiones fraternales. El espacio y el tiempo son del todo ajenos al realismo: no hay afuera, ni elementos anexos a las relaciones. Como si la teatralidad los obligara a reparar en sus muy semejantes. Desde la lírica del texto, la danza, las canciones compuestas por Diego Penelas, hasta las actuaciones y las luces aparecen en los cuerpos de los personajes transitando tensiones caprichosas. El peso acumulativo de las secuencias desnuda lazos de seres dominados no por un destino trágico sino por propios deseos de una sexualidad sin represiones. El carácter “homo” de la endogamia es celebrado junto a un phatos (sufrimiento) también ajeno a culpas o tabúes sociales. Un terrible erotismo se desprende de cada encuentro entre hermanos, entre tíos, como espacio lúdico sin tabúes. La ley del deseo determina intensas miradas, canciones desesperadas, desparramadas como dardos que no encuentran su blanco, y cada personaje se constituye desde el sufrimiento que aporta en la red que se va desplegando en escena. Es un placer diferente ver cómo cada uno de estos actores afronta el reto de mostrarnos su dolor. Diego Velázquez domina de manera genial las emociones de su sangrante Mijail. Impacta en un dúo coreográfico muy sexual con Pablo Rotemberg, también sensible pianista. Mirta Bogdasarian, Ciro Zorzoli, Javier Lorenzo, Nahuel Pérez Biscayart se mantienen en el borde del absurdo para mostrar sus excesos pasionales y nos dejan con ganas de más. Gaby Ferrero (preciosa en su vestido chino), Stella Galazzi (casi lorquiana en sus monólogos) y Luciano Suardi juegan un terceto de tíos algo siniestros dispuestos a ingresar en la demanda deseante del espectáculo. Este “dream team” sigue en los rubros técnicos con Oria Puppo en el vestuario y la escenografía, y el gran Jorge Pastorino, cada vez más colorido en sus luces para Tantanian.