15.7.07

El melodrama

Etimológicamente el melodrama se define como teatro musical.

El primero en definir el melodrama fue el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau. Rousseau lo definió con las siguientes palabras: "un tipo de drama donde las palabras y la música, en vez de caminar juntas, se presentan sucesivamente, y donde la frase hablada es de cierta manera anunciada y preparada por la frase musical"

En la actualidad el término melodrama se aplica a cualquier obra en donde las emociones del espectador sean inducidas o favorecidas por la música, y que esto se haga de una manera muy marcada.

Dice Gaby Ferrero:

"Sería hermoso vernos llorar a todos juntos."



Cuaderno de notas 07

Otras ideas de Gaby Ferrero:

Fascinación por el personaje de Lise (la locura amorosa de Lise, la histeria de Lise, la relación histérica con Aliosha). Gaby dice la araña Lise. Y ahí los invito a leer un capítulo maravilloso (y un poco más) de El idiota, otra genialidad de Fedor. El capítulo es el número 5 de la Tercera Parte (pueden leer el 5, el 6 y el 7) – que contiene la confesión de Ippolit, confesión llamada: Apres moi le deluge (Después de mí el diluvio). Dicha confesión se inicia ligeramente avanzado el capítulo 5 y termina poco antes del final del capítulo 7. Allí Ippolit descubre un monstruo que es Rogojin, es una araña y es Dios. También viene a mi memoria la dostoievskiana película de Bergman conocida en nuestras tierras como Detrás de un vidrio oscuro, en esa película un personaje femenino cree ver a Dios detrás del espejo y la forma de Dios es la de una araña. Dostoievski parece haberlo inventado todo. También Gaby habla del capítulo 3, libro cuarto: la escena de las pedradas . Otras ideas de Gaby son: tener una pelea enorme, violenta y sexual con un varón (tal vez Diego – se conocen, claro): esta pelea ella la imagina mostrada y ocultada por la parecita de Los Mansos (todavía se piensa en ese espacio, todavía hay ecos de que ese lugar será nuestro: no, no será nuestro. No será. – Me puse elegíaco – disculpen, ya pasó.), también imagina un discurso sobre el peronismo , otro monólogo político (como el que pensó Luciano) que marque un ciclo que arranque desde la corrección absoluta, llegue a un momento de degradación extrema y vuelva a ese lugar de amplia corrección: el discurso ocurriría en un acto: suerte de recepción que devendría orgía monumental y decadente cuando el discurso llegue a su paroxismo para descender luego a una supuesta e hipócrita corrección.

Cuaderno de notas 06

Este es Pablo Rotemberg / © Clara Muschietti

Las ideas de Pablo Rotemberg:

Mirada sobre el mundo físico de los Karamazov. Muchas acciones en relación con las manos. Piensa en la escena del libro 3, capítulo 10 (la misma que eligió Suardi) como si sucediese entre dos vedettes (asociación con la revista). Otras asociaciones con la revista: un número hecho por él bajando una escalera y accidentándose de varias maneras, sin detener el número. Una suerte de fracaso permanente llevado al extremo de lo posible: la anti revista o la revista a pesar de todo. Imagina una jaula que se traslada por el espacio y que lleva dentro al Stárets Zósima y a un novicio: una conversación teológica dentro de una jaula móvil. También piensa en la epilepsia de Smerdiakov y en las posibilidades de ser epiléptico en escena. Nota la cantidad de veces que aparece la palabra desgarramiento en la novela, esta superpoblación de desgarramientos lo invita a pensar en la extrema fisicidad de los Karamazov. Una novela sobre el cuerpo, sobre el desgarramiento del cuerpo. También Pablo recuerda la escena de Dimitri desnudo frente a un grupo de gente.
Traerá o enviará textos en donde todo esto aparezca, emerja, suceda.

Hallelujah! / Leonard Cohen


Now I've heard there was a secret chord
That David played, and it pleased the Lord
But you don't really care for music, do you?
It goes like this
The fourth, the fifth
The minor fall, the major lift
The baffled king composing Hallelujah
Hallelujah
Hallelujah
Hallelujah
Hallelujah

Your faith was strong but you needed proof
You saw her bathing on the roof
Her beauty and the moonlight overthrew her
She tied you
To a kitchen chair
She broke your throne, and she cut your hair
And from your lips she drew the Hallelujah

Hallelujah, Hallelujah
Hallelujah, Hallelujah

You say I took the name in vain
I don't even know the name
But if I did, well really, what's it to you?
There's a blaze of light
In every word
It doesn't matter which you heard
The holy or the broken Hallelujah

Hallelujah, Hallelujah
Hallelujah, Hallelujah

I did my best, it wasn't much
I couldn't feel, so I tried to touch
I've told the truth, I didn't come to fool you
And even though
It all went wrong
I'll stand before the Lord of Song
With nothing on my tongue but Hallelujah

Hallelujah, Hallelujah
Hallelujah, Hallelujah
Hallelujah, Hallelujah
Hallelujah, Hallelujah
Hallelujah, Hallelujah
Hallelujah, Hallelujah
Hallelujah, Hallelujah

Cuaderno de notas 05

Suardi ensaya Los Mansos de día / © Ernesto Donegana

Algunas ideas de Luciano Suardi:

Desea ser una mujer. Imagina el espacio repleto de ataúdes. Profusión de ataúdes. Rescata varias escenas del libro: libro 3, capítulo 10 – libro 5, capítulo 4 (en donde perfila un monólogo político asociando este espectáculo a la revista, un monólogo de actualidad nacional o internacional sobre las vejaciones y torturas, una suerte de arenga a público que se desarrolla en medio del exceso emocional de todo el espectáculo, suerte de pináculo verbal violento, ascenso gigantesco a las cumbres de la descripción de la violencia para caer estrepitosamente en las certezas de esas mismas violencias.) – rescata también el monólogo de la escena final (dice Luciano leer los finales de todas las novelas antes de avanzar en la lectura, dice Luciano preferir conocer los finales y, así sí, entonces, avanzar sobre el derrotero que lleva inexorablemente a lo conocido – maravillosa punta para pensar el destino de un actor: un actor que siempre sabe el final de su función y, aún así, o tal vez por saberlo, avanza hacia él intentando mostrar a todos que lo desconoce) en el cual Aliosha habla con los niños. Esta escena le recuerda el tema de Leonard Cohen, Hallelujah! (y aquí cierra el gran final de los Hurra por los Karamazov!)

Cuaderno de notas 04

La Couceyro por Ernesto Donegana

Algunas ideas de Analía Couceyro:

Fascinación por los tullidos y borrachos que superpueblan la novela. Recuerda la escena final de El verdulero de las cuatro estaciones de Rainer Werner Fassbinder en donde el protagonista, condenado a una muerte segura por una cirrosis avanzada, organiza una despedida con todos sus seres cercanos y, rodeado de varias copas de bebida blanca (tantas como invitados a la ceremonia hay), dedica cada una de ella a alguien argumentando el por qué de esa decisión o agradeciendo –cínicamente- los “servicios prestados”: es evidente que muere en el acto frente a su perplejo auditorio. (Un suicidio dedicado) – Imagina Analía una coreografía utilizando algunos gestos exaltados que aparecen profusamente en la novela: golpearse la cabeza contra el suelo, golpes de puño en el pecho, etc. También este personaje puede recorrer la obra deviniendo cada vez más tullido. Otra situación es la de despertar a un borracho.
Algunas escenas que rescata de la novela: libro 7, capítulo 3 – Y la escena de Las minas de oro (libro 8, capitulo 3)

Cuaderno de notas 03

Algunos textos elegidos por Diego Velázquez:

“Cierto, cierto, es agradable ofenderse. Lo ha dicho muy bien, como nunca lo había oído decir. Cierto, cierto, toda mi vida me he dado por ofendido, hasta me ha resultado agradable, me he ofendido por estética, pues estar ofendido no solo es agradable, sino que, a veces, hasta resulta hermoso…”

“Usted ensucia literalmente todo lo que toca.”


“Hace dos años, al despedirse, dijo que no me olvidaría nunca, que seríamos siempre amigos, ¡siempre, siempre! Y mire, ahora me tiene miedo; ¿es que me lo voy a comer? ¿Por qué no quiere acercarse, por qué no habla conmigo?...”


“Escuche: si dos seres, de pronto, se desprenden de todo lo terreno y vuelan hacia lo extraordinario, o por lo menos lo hace uno de ellos, y antes de hacerlo, para emprender el vuelo o perderse, se acerca a otro ser y le dice: hazme tal cosa, algo que nunca se pide a nadie, pero que se puede pedir estando ya en el lecho de la muerte, y sólo en esta caso, ¿es posible que dicho ser no lo cumpla… si es un amigo, un hermano?”


“Seré su marido si me hace ese honor; cuando llegue un amante a verla, yo me iré a otra habitación. Limpiaré los chanclos sucios de sus amigos, prepararé el samovar, les haré recados…”

“… Lo amo locamente, no importa que usted no me ame, pero sea mi marido. No tema, no voy a serle un estorbo, seré como un mueble suyo, la alfombra por la que usted pasará… quiero amarle eternamente, quiero salvarlo de usted mismo…”


Extraídos de:

Cuaderno de notas 02


Gaby Ferrero recuerda una anécdota cuando supo acampar en un lugar de Catamarca. Llegaron de noche y les indicaron el mejor lugar para hacerlo. Una vez instalados escucharon sonidos terribles que parecían venir del río. Habían acampado a la vera de un río. Gaby creyó que aquel sonido eran miles de ranas que cantaban al silencio de la noche. Con dificultad, encontró el sueño. A la mañana siguiente supo que aquel lugar era un acantilado y que allí abajo el río se amoldaba a la montaña que estrechaba sus laderas dejando un pequeño hilo de agua correr. La historia cuenta que el sonido no era de ninguna rana sino que era el lamento de las almas de cinco adolescentes mujeres que supieron arrojarse al río desde aquella altura. Esto me recuerda a mí el origen del sonido de las aguas del río. Cuentan que cuando Orfeo perdió a Eurídice por segunda vez a la salida del reino de los muertos, fue recibido por las Bacantes y que éstas supieron despedazarlo y colocar su cabeza desemembrada sobre un camalote. Junto a la cabeza de Orfeo –aún con vida- colocaron su lira y dicen que la voz de Orfeo atraviesa las aguas nombrando a su mujer: “Eurídice, Eurídice, Eurídice”. Y que ese nombrar a la amada sin pausa es el sonido de las aguas, que las aguas suenan así desde la muerte de Orfeo que supo darles música: antes las aguas eran silentes y desde aquel momento aprendieron aquel sonido, Orfeo habla en las aguas y nombra sin final a su amada perdida y encontrada para siempre.

Cuaderno de notas 01

Diego como Pony William en Cuchillos en gallinas de David Harrower.
Teatro San Martín, brevísima temporada en el 2006

Algunas ideas de Diego Velázquez:

A partir de este texto: “Les diré que conocí a una joven, de la penúltima generación “romántica”, la cual, después de varios años de enigmático amor por un señor con quien, dicho sea de paso, siempre se habría podido casar muy tranquilamente, acabó, sin embargo, inventándose un sinfín de obstáculos insuperables, y una noche de tempestad se arrojó por una alta orilla, parecida a un acantilado, a un río bastante profundo y rápido, en el que pereció decididamente a causa de sus propios antojos, tan solo para asemejarse a la Ofelia Shakespeariana, hasta tal punto que si aquel acantilado, señalado y preferido por ella hacía mucho tiempo, no hubiera sido tan pintoresco y en su lugar hubiera habido una prosaica orilla baja, no se habría producido, quizás, el suicidio.” surge la idea de un personaje enamorado de todos los hombres que cree no ser correspondido por ninguno: este personaje recorre la obra de principio a fin y muestra a cada uno de los hombres su enamoramiento. Su fin es el suicidio, cae como la mencionada mujer dostoievskiana de un precipicio y canta luego de morir Mecánica del amor del grupo cordobés Los cocineros.

11.6.07

La angustia de las influencias


Cómo escribía Kafka - Así descifré el enigma de El proceso
por Guillermo Sánchez Trujillo

Hace 90 años, en su diario, Franz Kafka hizo la primera mención explícita sobre su novela más conocida: El proceso: "He empezado con tantas esperanzas y he sido rechazado por las tres historias, hoy con más fuerza que nunca. Quizá lo correcto sea no trabajar la historia rusa sino después de El proceso. Con esta esperanza ridícula, que evidentemente solo se apoya en una fantasía mecánica, recomienzo El proceso. -Completamente inútil no ha sido". Diario, 21 de agosto de 1914.

Yo era de los que pensaba que obras tan singulares y extraordinarias no salían de la nada. Kafka había reconocido como sus “hermanos de sangre” a Flaubert, Dostoievski, Kleist y Grillparzer, e incluso había dicho que en su novela El desaparecido había tratado de imitar a Dickens. Pero sus obras no tenían antecedentes claros, todo en él era distinto, como si hubiera reinventado la literatura. Así las cosas, decidí pasar algunas semanas, algunos meses quizá, en la biblioteca Luis Angel Arango para buscar la fuente de la creatividad kafkiana.

Lo primero que hice fue un inventario del material de consulta que tenía la biblioteca sobre Kafka. Durante la primera semana me la pasé picando aquí y allá, sin decidirme todavía a tomar notas. Finalmente escogí para empezar la biografía titulada Kafka, a secas, de Klaus Wagenbach, el más reputado de los kafkólogos. Llegados a este punto, considero necesario aclarar que, para mi fortuna, pertenezco al exclusivo círculo de aquellos a los que se le aparece la Virgen, aparición que, en el caso que nos ocupa, tuvo lugar bajo la forma de un error onomástico, ya que en una cita en la que Kafka se refería a Hebbel, lo que apareció fue el nombre de Dostoievski.

La cita, que era una carta en la que Kafka le escribía a un amigo de juventud sobre la admiración que sentía por aquel escritor, terminaba diciendo que “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que llevamos dentro”. “¿Dostoievski?”, “¿hacha?”, me pregunté a mí mismo como si me estuviera mirando en un espejo, y una palabra relampagueó en mi mente con la luminosidad de un aviso de neón: Raskolnikov. Ahora tenía que leer Crimen y castigo, de Dostoievski, algo que venía aplazando desde la adolescencia, ya que la sola lectura del título me revolvía las entrañas, como si se tratara de algo personal. Y fue así como un error me llevó directo y de la mano por el camino verdadero.

Por esos días me vine a vivir a Medellín y, no más llegar a la ciudad, compré en La Anticuaria de Niquitao una hermosa edición de la novela de Dostoievski, con la que me subí para Santa Elena donde tenía una casita alquilada, me acomodé en la hamaca y, con la respiración contenida, empecé a leer: “En una calurosa tarde de principios de julio, un joven salió de la habitación que tenía alquilada en una casa de la calle de S… Ganó la calle y, lentamente, con paso indeciso, se dirigió hacia el puente K….” Paré en seco. “¿Principios de julio?”, le pregunté excitado a la botella, y sin esperar respuesta, con otras preguntas me respondí:

“¿Acaso el tres de julio?” “La calle de S., será la calle de Samsa?” “Y, el puente de K., ¿será el puente de K.?” Me tomé un trago largo; acababa de entrar en el estado de paranoia crítica en el que me mantendría sin reposo durante varios años.

Una hora después, aproximadamente, al iniciar la lectura del tercer capítulo de la primera parte, me llevé una sorpresa tan grande, que casi me caigo de la hamaca de la felicidad: estaba leyendo el mismísimo principio de La metamorfosis. No lo podía creer. “¿Estaré soñando?”, me pregunté, y para convencerme de que era real lo que estaba viviendo, me tomé un trago de ron muy largo.

Más tranquilo, y con un ejemplar de La metamorfosis para comparar los dos textos, empecé de nuevo a leer: “A la mañana siguiente se despertó tarde, tras un sueño agitado que no lo había descansado. -Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo…-. (Raskolnikov) consideró su habitación con odio. Era una jaula minúscula, de no más de seis pies de largo. -Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida.- Raskolnikov se había retirado deliberadamente lejos de la compañía de los hombres, como una tortuga bajo su caparazón. -(Gregorio) Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda”. Salí a tomar aire, esa noche la envidiosa luna estaba pálida, muy pálida.

Leí Crimen y castigo varias veces, todas las veces que fueron necesarias para tener los detalles de la novela en la cabeza. Luego, empecé a leer la obra completa de Kafka en orden cronológico, con la novela de Dostoievski a un lado y así ir subrayando las posibles coincidencias entre las dos obras.

El resultado no pudo ser más asombroso: Descripción de una lucha, lo primero que conservamos de Kafka, escrita en 1904, cuando tenía veintiún años; Preparativos de boda en el campo, la obra que le seguía, y La condena, como La metamorfosis, salían de Crimen y castigo.

Todo parecía indicar que Kafka se la había pasado reescribiendo la novela de Dostoievski. “¿Y cómo es posible que hasta el presente no se hayan dado cuenta los expertos de esta situación tratándose de dos autores tan conocidos?”, me pregunté, sin poder hasta el momento responder a esa pregunta.

Kafka construye las primeras escenas de La metamorfosis con base en tres despertares de Raskolnikov que lo transforman en animal, asesino y culpable, lo que de entrada nos hace sospechar de la versión “oficial” en la que Gregorio es un ser angelical, víctima de la familia y de la sociedad.

El despertar de Raskolnikov antes del asesinato, Kafka lo recrea así: “(Raskolnikov) de repente, oyó claramente dar la hora en un reloj. Se estremeció, abrió los ojos, levantó la cabeza y miró por la ventana, para calcular la hora.” “-Gregorio dirigió [...] la vista hacia la ventana... [luego] Volvió los ojos hacia el despertador, que hacía tictac encima del baúl”. Raskolnikov se extrañaba de “que aún no hubiera preparado nada”.

Kafka sentía un gran placer introduciendo pequeños detalles de la obra de Dostoievski en la suya propia. Por ejemplo, las palabras con que la vieja del servicio de los Samsa anuncia la muerte de Gregorio -¡Miren ustedes, ha reventado! ¡Ahí lo tienen, bien reventado!- son las últimas palabras de Catalina Ivanovna antes de morir: -¡La bestia ha reventado!- .

Y si la mujer del servicio saca el cadáver de Gregorio, a quien odiaba, con una escoba, es para confirmar las palabras de Marmeladov de que “por el crimen de la miseria, no se os arroja del lado de los hombres con un bastón, se os arroja con una escoba, para que el ultraje sea aún más humillante”.

Había dos preguntas que seguían rondando por mi mente y no me dejaban descansar en paz.
La primera era por qué Kafka escribía de forma tan extraña, por qué necesitaba recurrir a otros autores para contar sus propias historias. ¿Falta de imaginación? Muy difícil, mejor dicho, imposible, pues si algo le sobraba a este escritor era imaginación. Y empecé a sospechar que él se traía algo entre manos, que ocultaba algo. También me preguntaba cuál sería el verdadero orden de los capítulos de El proceso, un problema que había sido declarado irresoluble, como tantos otros que hoy hacen parte de los manuales escolares.

Al morir Kafka en 1924, entre sus papeles se encontraron dos documentos que se conocen como el “testamento”, en el que le pide a Max Brod, su mejor amigo, que a su muerte recoja todos sus escritos y los queme, “sean diarios, manuscritos, cartas, propias y ajenas, dibujos, etc.”, “sin dejar nada y sin leerlo”. Brod recuperó casi todo lo que su amigo había dejado, pero no con la intención de cumplir su última voluntad, sino para hacer exactamente lo contrario, es decir, para publicar los diarios, los manuscritos, las cartas, propias y ajenas, los dibujos y etc. Mucha gente se escandalizó al ver como Brod traicionaba la confianza de su amigo, pero en la actualidad no hay duda de que Brod hizo lo correcto al salvar del fuego la que se considera hoy día la mejor obra en lengua alemana del siglo XX, y quizá de la literatura universal.

Brod tenía mucho afán de publicar El proceso, pero su proyecto presentaba dos problemas mayores: los capítulos se encontraban separados en sobres sin numerar, por lo que no se sabía a ciencia cierta cuál era el orden de los capítulos en la novela, y algunos de ellos estaban sin terminar. Brod no se paró en pelos y resolvió el asunto tomando decisiones drásticas y apresuradas. Eliminó los capítulos que consideró inacabados y ordenó el resto de acuerdo a sus propios criterios.

En una segunda edición publicó los capítulos que no habían aparecido en la primera en un apéndice en donde se encuentran desde entonces. En las últimas décadas, los filólogos alemanes han tratado por todos los medios de ordenar los capítulos sin ningún resultado, a pesar de los estudios minuciosos que se han hecho de los manuscritos, como análisis grafológico, calidad del papel, marcas de agua, formato de los cuadernos, calidad y color de la tinta, e incluso intentos desesperados por utilizar la estadística para fechar los distintos capítulos. Los manuscritos, sin embargo, han permanecido imperturbables sin dar a conocer sus secretos.

El problema parecía muy difícil de resolver, pero eso no me inquietaba ni lo más mínimo, pues sabía que tenía de mi lado poderosos aliados celestiales. Armado de valor, enfrenté el problema con un método directo y elemental, que resultó bastante eficaz, y al cabo de un año lo tenía resuelto. Como yo había descubierto algunas pequeñas coincidencias entre El proceso y Crimen y castigo, partí de la hipótesis de que la novela de Kafka era una reescritura de la novela de Dostoievski, y obré en consecuencia. Fotocopié las dos novelas, y pegué los capítulos de El proceso en sendas cartulinas, colocando las hojas una a continuación de la otra, para formar columnas, dejando entre ellas un espacio libre y colocar así las citas de Dostoievski a un lado del texto de Kafka relacionado con ellas.

Empecé con las citas que tenía en las fichas, y de inmediato vi algo que me llamó la atención: las citas asociadas a un determinado capítulo de El proceso siempre provenían de un mismo capítulo o grupo de capítulos de Crimen y castigo. Esto quería decir que Kafka construía su novela, no con citas aisladas o desperdigadas de Crimen y castigo, sino con grandes bloques que podían ser del tamaño de uno o varios capítulos de la novela de Dostoievski.


Arranqué de nuevo con el primer capítulo de El proceso, y ahí mismo me di cuenta de dónde Kafka lo había sacado. Era tan evidente, que hasta me asusté. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto antes? Todas las escenas de la detención, lo que se dice todas, salían del tercer capítulo de la segunda parte de Crimen y castigo: el hombre extrañamente vestido que entra a la habitación de K.; el desayuno de K. que se comen los agentes; la ropa que le quieren robar y el hecho de que lo obliguen a cambiarse de ropa; la patrona que mira a hurtadillas al inquilino, como si se sintiera culpable de algo; el vaso de licor; la actitud de K., que piensa que probablemente todo ese asunto de la detención no es más que una broma que le quieren jugar los compañeros de trabajo el día de su cumpleaños, etc. Era increíble.

¿O me estaría volviendo loco? O peor: ¿estaría completamente loco? ¿Acaso todas estas coincidencias que yo encontraba, no eran otra cosa que fruto de la imaginación? Ya me empezaba a preocupar con esa posibilidad, cuando sucedió algo que me tranquilizó. Al llegar al penúltimo capítulo de la novela, “En la catedral”, no encontré ni una sola cita en la primera mitad del capítulo, algo muy extraño, pues las carteleras estaban repletas de citas de principio a fin. Parecía un texto autobiográfico, aunque también cabía la posibilidad de que lo hubiera sacado de otra obra. Pero, ¿de cuál? Lo cierto del caso es que si yo me estaba inventando todo, ¿por qué aquí no se me ocurría nada qué inventar? Decidí buscar la procedencia de ese texto y entré a Internet. Escribí las palabras “correspondencia” y “Kafka” y oprimí la tecla Enter.

Y ocurrió un milagro, que no vacilo ni un instante en atribuirle al Niño Jesús de Praga, porque es un milagro grande. Ya me veía navegando, años y años, como un lobo solitario por los mares del ciberespacio en busca del texto perdido, y bastó hundir una tecla -una sola- para encontrar la clave que me llevaría directo al texto que estaba buscando. ¡Así es muy fácil! El primer resultado era una colección de cartas de Kafka a su hermana Ottla, reunidas con el título El castigo de la imaginación.

La segunda de las cartas estaba fechada el 28 de septiembre de 1913 en Riva, y decía: “Hoy pasé todo el día en Malcesine, el lugar donde Goethe vivió una aventura que tú conocerías si hubieras leído El viaje a Italia. No estaría mal que comenzaras a leerlo. El capellán que me guiaba por la región me enseñó el sitio donde Goethe dibujaba; pero ese lugar no coincidía con el que se narra en el diario. Así las cosas, no logramos ponernos de acuerdo. Menos aún hablando italiano. Franz”. “¿Capellán?”, “¿Guía turístico?”, “¿No se entienden hablando en Italiano?”, “¿No estaría mal que comenzaras a leerlo?”, me pregunté en silencio, pero moviendo los labios. Salí corriendo para la Biblioteca de Comfenalco en La Playa donde sabía que tenían las Obras Completas de Goethe. Y ahí estaba, en El viaje a Italia, la historia que buscaba: una simpática anécdota que le sucedió a Goethe cuando visitó en Trento la iglesia de los jesuitas, que Kafka recrea “En la catedral” con la literalidad y la imaginación que lo caracterizan.

Cuando tuve todas las piezas del rompecabezas, lo armé sin ninguna dificultad, pues Kafka era un maestro artesano consumado y su obra es tan perfecta, que todo lo que había que hacer era respetar la continuidad de la estructura, ya que las piezas se ensamblaban perfectamente. Fue así como el ordenamiento de los capítulos se solucionó de forma automática. La hermosa estructura que ahora tenía completa delante de mis ojos, trajo a mi mente el relato La Muralla China, el primero que leí de Kafka, cuyo sistema de construcción parcial me había fascinado tanto, que había tratado de reproducirlo en un dibujo. "¿Cuál sería el sistema de construcción en este caso?", me pregunté, y sentí curiosidad por saber cuál había sido el orden en que Kafka había escrito los capítulos de la novela. Esa noche tuve un sueño con los capítulos primero y final, en el que aparecían como personajes o como sombras, algo muy confuso que no logro precisar.

(...)


Pero ese no era el final de la historia, todavía faltaba el último round.
El jueves 10 de junio del 2004, hacia las diez de la mañana, llegó del ciberespacio la prueba absoluta y definitiva de que El proceso era un palimpsesto de Crimen y castigo, y que mis especulaciones sobre el proceso de escritura eran correctas.

Hasta ese momento yo había supuesto, que Kafka había dejado todos y cada uno de los capítulos en sendos sobres, pero no era así. Había tres sobres que contenían varios capítulos escritos y numerados secuencialmente, en un extraño orden, que no lograban explicar los filólogos alemanes.

Lo que para los eruditos europeos era motivo de desconcierto, era, para mí, motivo de felicidad. Para ellos era todo un misterio qué el “Fin” encabezara un legajo en el que se encontraban el “Primer interrogatorio” y “En la sala vacía”, y que en otro legajo aparecieran la “Detención” y “El verdugo”. No sabían que esos capítulos tenían la misma raíz y que por eso se encontraban juntos. Además, el orden lo daba el orden de los capítulos de Crimen y castigo de que provenían.

Desde el punto de vista de los filólogos alemanes el problema de los manuscritos era irresoluble.


¿Por qué Kafka escribía de manera tan complicada?, ¿por qué tenía que utilizar la novela de otro autor para contar sus propias historias? La respuesta es que Kafka sentía una necesidad imperiosa de escribir sobre su vida personal más íntima, pero era a la vez un hombre nada indiscreto, frío y distante, afecto al secretismo como pocos, incapaz de exponer su corazón al desnudo ante la mirada curiosa de los lectores.

La manera como resolvió el dilema honra su genialidad: utilizó, cual cazador furtivo, Crimen y castigo para que fueran los ocultos personajes de Dostoievski los que contaran su biografía íntima, y dejó a sus propios personajes la tarea de representar una obra magnífica, cautivante y misteriosa, que distrajera a los lectores, sin lograr del todo su objetivo, pues no pudo impedir que la historia latente perturbara a los más agudos, que incómodos presentían algo más allá del texto, sin lograr nunca precisar qué era. De ahí la búsqueda de una clave y la nutrida gama de interpretaciones que desde décadas ha enriquecido la bibliografía kafkiana.

20.11.06

Primera reunión

Lorenzo (casi fuera de cuadro), Couceyro, Bogdasarian, Puppo y Suardi en la sala de Los Mansos, esperando el inicio de la reunión.

Fue hoy - en el Camarín de las Musas. Elenco casi completo: Mirta Bogdasarian, Analía Couceyro, Gaby Ferrero, Stella Galazzi, Javier Lorenzo, María Onetto, Luciano Suardi y Diego Velázquez.

Onetto, Velázquez, Ferrero, Couceyro, Bogdasarian y Puppo ahora en plena reunión en la sala de abajo de Los Mansos: hacía mucho calor ahí arriba.

Ausentes con aviso: Nahuel Pérez Biscayart, Pablo Rotemberg y Ciro Zorzoli. También estaban Martín Tufró (dramaturgia y asistencia general), Oria Puppo (escenografía y vestuario) y Ernesto Donegana (fotos). Yo fui, claro.

Todos los que éramos.

Y faltaron Jorge Pastorino (luces) y Nicolás Schuff (dramaturgia). Las consignas fueron dadas --- se inició el proceso: va a estar bueno verlos a todos "estos" en un escenario, ¿no?

11.6.06

André Markowicz

Tapas de los tomos 1 y 2 de Les Fréres Karamazov editados por Actes Sud con traducción de Markowicz.

El mejor traductor del ruso al francés.

Pevear & Volokhonsky


La mejor traducción al inglés de Karamazov.